lunes, 5 de diciembre de 2011

La Codosera, un refugio en la frontera



Confiesa Celia Morato que ella no fue consciente de la buena reputación de la que goza su pueblo hasta que hace unos días en Badajoz escuchó sin querer una conversación entre dos personas. «Hablaban de lo que harían si les tocara la lotería de Navidad. Uno de ellos decía que compraría una casa en la playa y un coche, pero el otro aseguraba que cumpliría el mayor sueño de su vida: tener una casa en La Codosera. En ese momento me di cuenta de la suerte que tengo de vivir aquí», relata orgullosa esta concejala del Ayuntamiento y madre de dos hijos.
Situada a cinco minutos de Portugal, al noroeste de la provincia de Badajoz (a unos 60 kilómetros de la capital) este municipio de 2.300 habitantes se ha convertido en un refugio para personas muy distintas y de diversas nacionalidades. Algunos visitan el municipio solo por unos días, pero otros tantos compran una vieja casa, muchas de ellas en ruinas, y la restauran para convertirla en una segunda vivienda en la que pasar los fines de semana y días de asueto. Aunque también hay quien se establece allí de forma definitiva seducido por sus espectaculares paisajes, su tranquilidad y su gastronomía.
En el pueblo existen al menos tres corredores de fincas que se encargan de hacer de intermediarios entre las familias interesadas en vender casas o terrenos y los que quieren comprar. Manuel Piris lleva unos seis años desempeñando esta tarea. Asegura que lo que mejor funciona es el boca a boca. «Los que se compran casas aquí son nuestros mejores embajadores», subraya.
Normalmente son las empresas constructoras del pueblo las que se encargan de las labores de rehabilitación, por lo que durante algunos años este sector tenía el trabajo prácticamente asegurado. El alcalde, Manuel Viles Piris, que lleva gobernando ocho años, admite incluso que hubo un momento en el que llegó a haber demasiados constructores para un pueblo tan pequeño al calor de esta particular 'burbuja inmobiliaria'.
El mandatario del Partido Popular explica que no hay ninguna normativa establecida en lo que a restauración de viviendas se refiere, aunque reconoce que se favorece, a la hora de conceder los permisos, a aquellos que no rompen el paisaje. «Intentamos que la gente mantenga la estética de aquí: piedra, madera, teja envejecida y mucha pizarra», apunta. Añade que un 95% de sus 'nuevos habitantes' se mudan para vivir en el campo.
Las limitaciones que sí existen son las impuestas por el hecho de que el pueblo se encuentra dentro de una zona ZEPA, LID y de la Red Natura 2000 (tres figuras de protección medioambiental) y eso supone que en un terreno inferior a ocho hectáreas no se puede construir una casa. «Lo que sí se puede es transformar o reformar lo que ya existía», explica el alcalde codoserano señalando un viejo molino de aceite que un constructor de Madrid ha convertido en una preciosa casa de campo. «Si alguien quisiera ahora construirse una casa a esa distancia del río sería imposible, pero como el molino ya existía...», puntualiza.


Entre 30.000 y 40.000 euros
El corredor Manuel Piris opina que precisamente si no se venden todavía más casas en la zona es por todas las limitaciones que existen. Asimismo añade que, pese a que ha habido cierto 'boom' inmobiliario, los precios se han mantenido en los últimos cinco o seis años. Según él, las viviendas no demasiado grandes oscilan entre los 30.000 y 40.000 euros, dependiendo de si hay que hacer la casa desde los cimientos o si se trata de rehabilitarla, aunque apunta que suele costar lo mismo. En cuanto a los precios del alquiler, están entre los 200 y 300 euros mensuales.
Para hacer frente al meteórico desarrollo turístico de su pueblo y el consiguiente aumento de población que acarrea, dependiendo del día de la semana o la época del año, Manuel Viles reconoce que tiene que hacer verdaderos malabarismos para que los servicios estén a la altura.
«Nuestra aspiración es de calidad y excelencia. Los caseríos funcionaban a nivel autónomo en el tema del agua, por ejemplo. Pero en los últimos años hemos hecho un esfuerzo de saneamiento, equipamiento, alumbrado e infraestructuras en todas estas zonas», argumenta el alcalde.
Añade que en todo lo demás, comercio, hostelería, limpieza y seguridad, el pueblo está a la altura de las circunstancias. «Primero por tradición y segundo porque todo el mundo está interesado en que el turismo siga funcionando bien, porque viven de ello», apostilla.
El perfil de los 'nuevos habitantes' es muy variado. Aunque cuenta Viles Piris que la mayoría son funcionarios de Badajoz que llegan a La Codosera a partir del viernes por la tarde y se van el domingo. Buena cuenta de ello es el tráfico que 'colapsa' las carreteras que unen estas dos poblaciones en las 'horas punta' los fines de semana.
Pero también vienen de más lejos. Ángela Santos, al frente de la Oficina de Turismo del municipio desde 2005, señala que en este momento conviven americanos, holandeses, belgas, alemanes, ingleses, portugueses, rusos y extremeños en un pueblo donde se hablan tres idiomas: español, portugués y 'portuñol'.
Otros han regresado después de muchos años. «Yo llevaba dos décadas viviendo en Cataluña. Me quedé sin trabajo y mi mujer, que es maestra, consiguió plaza en el colegio de La Codosera y eso obró el milagro. Estar aquí no se paga con dinero. Tenemos dos niñas de dos y once años y se han adaptado muy bien. Entiendo perfectamente que la gente se esté comprando casas para descansar o para vivir aquí, aunque cuando yo era pequeño era impensable que algo así pudiera suceder. Me encanta cómo eso ha servido para mejorar esta zona y las posibilidades económicas que supone para la gente de aquí de toda la vida. Ha sido un renacer para La Codosera», resume José Teodoro González.


Espíritu emprendedor
Todo este fenómeno de 'expansión turística' ha tenido estos años unos testigos silenciosos de excepción que han sabido adaptarse a las circunstancias con habilidad: los habitantes del pueblo y de la zona. Acostumbrados a vivir en la frontera, han sabido aprovechar su oportunidad. «Este es un pueblo en el que cuando España todavía no estaba dentro de la Unión Europea se vivía del contrabando. Eso supone que la gente utilice la cabeza para sacar el mayor rendimiento a una actividad tan peligrosa y ha desarrollado su potencial de emprendedores. Por eso, desaparecida la frontera, han visto en el turismo una nueva forma de salir adelante», resume el primer edil codoserano.
Es el caso de Soledad T. González, un ejemplo de adaptación a los nuevos tiempos. «Mis abuelos tenían un bar/tienda pequeñito dedicado al contrabando. Mi padre y mis tíos siguieron con el negocio, aunque se centraron más en el bar, pero vinieron tiempos más flojos. Cuando a partir 2004 empezó a resurgir el turismo en la zona pensamos que no había ningún sitio grande para dar de comer a mucha gente y nos animamos, con mucho esfuerzo, a montar un restaurante», explica Soledad.
Esa iniciativa se materializó con el nombre 'Brasería Portugal', un acogedor restaurante ubicado en el caserío de La Rabaza. En festividades como el día de los Reyes cuenta Soledad que llenan varias veces el comedor, que tiene capacidad para 120 personas. Su especialidad es el bacalao. Para ella, que La Codosera se haya convertido en un 'refugio' de fin de semana y de verano ha supuesto la oportunidad de poder vivir y trabajar en su pueblo.
Algo parecido le ha sucedido a Pío Piris Rodríguez. Un accidente laboral le dotó del dinero necesario para animarse a montar el 'Asador Raíces' en el caserío de Bacoco. Situado en mitad de un impresionante paraje junto a la sierra de Pan de Trigo, este negocio hostelero le permite ganarse la vida y mantener a su familia.
También Rosa Viles decidió apostar por su patria chica y por el negocio de sus ancestros. Su familia se dedicaba al contrabando hace más de cuarenta años. «Cuando aquello se terminó, la tienda/bar familiar estuvo cerrada durante 20 años. Pero a mí me daba mucha pena, porque aquí estaban mis raíces. Así que entre mi marido, mis hijos y yo, decidimos hace tres años volver a reabrirla como restaurante, en plena crisis. Pero estamos contentos», asegura. El establecimiento, llamado 'La Tojera', recoge en su carta esa mixtura de cocina lusa y extremeña. Y en la actualidad trabajan en la construcción de una casa rural que está encima del restaurante y que esperan abrir para la próxima primavera.
También Ana Isabel Cordero creó una microempresa en su patria chica. Junto a su pareja, un holandés enamorado de Extremadura, montó un negocio basado en el turismo de naturaleza: 'Ecoturex', que ofrece servicios de guías ornitológicos especializados, rutas ecológicas y actividades de educación ambiental. Empezó mucho antes del 'despegue' turístico del pueblo, allá por el año 1996, y 'Anica', como la conocen en el pueblo, reconoce que ha tenido épocas mejores y peores. Ahora están encantados con la fuerza que ha tomado la afición por senderismo porque La Codosera dispone de siete rutas.
De mucho más lejos vinieron Julia Inozemtseva y su familia. Esta rusa, casada con un español, ha vivido siempre del turismo. «Trabajo en el sector en mi país durante la temporada alta y el resto del tiempo me vengo aquí», resume.
Junto a su pareja encontró un terreno en el caserío La Tojera donde después de tres años de trámites están concluyendo la construcción de un pequeño hotel. «Nos encantó la zona porque es muy tranquila. Veníamos de Madrid, donde la vida es mucho más ajetreada y esto era un respiro. Esto tiene, además, un microclima especial y un paisaje magnífico. La gran ventaja es que está muy cerca de Portugal, por lo que nos permite conocer otra cultura. Nuestro plan es dar a conocer esta zona al resto de España y del mundo», asegura. De momento, cruza los dedos para que su negocio pueda estar abierto antes del verano.

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